Es lo que nos intentan enseñar nada más nacer, a comunicarnos.
Pretenden que lo antes posible nos animemos a articular palabra y después de la primera otra, y otra, y otra. Estas nos permiten expresar deseos, molestias, afecto, desafecto, alegrías y tristezas... Comprobado está que los padres de una criatura sufren si por no poder hablar no saben que nos ocurre, porque en un principio parece que las palabras puedan solucionarlo todo o hacernos saber todo aquello que necesitamos saber. Muy deducible, pero no es tan sencillo.
Comunicar no es simplemente hablar, es transformar en palabras u otra forma de expresión aquello que sientes, piensas o te sucede. Partiendo de la base que es prácticamente imposible comunicar la totalidad, siempre he pensado que, involuntariamente, en el proceso de formación de la palabra, el gesto o la mirada se pierde información. Dónde queda todo aquello que no se transmite?
Consciente soy de que existen maravillosos comunicadores, gente que te deja sin habla, nunca mejor dicho, y a los que ni siquiera te atreverías en poner en duda, pero a pie de calle no somos tan buenos. Quizás me atrevería a decir que, llevamos toda la vida practicando algo que nunca nos llega a salir del todo bien. Pero esto puede tener una ventaja, y es que, como barómetro emocional, podemos distinguir nuestras personas amarillas* gracias a esa fluidez que surge, a esa comunicación perfecta que se produce entre ambas, tan difícil de encontrar y tan digna de valorar.
S.
Me gusta el concepto de las "personas amarillas". Me recuerdan a las baldosas amarillas del Mago de Oz, que cuando era pequeña me empeñaba en seguir, aunque fuera de forma imaginaria.
ResponderEliminarGracias por comentarme en Intersexciones y por descubrirme tu blog. Un placer venir a visitarte. Lo haré a menudo.
Besos,
Casiopea